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ADOLESCENTES

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Los actos de iniciación a la vida adulta están llenas de cambios. En este proceso encontramos el dolor por la pérdida de lo conocido, el mundo de la infancia. Pero también percibimos el dolor a la vista de lo desconocido, la temida adultez. Hay un dolor de la memoria, desfile incesante de lo que se va desvaneciendo en el mundo interno. Y hay un dolor que se manifiesta frente a lo indefinido, ante lo no sabido que acecha desde el mundo externo.

Al alcanzar este estadio, el joven se encuentra ante las ruinas de su mundo, un mundo propio cargado de fantasías, de juegos, de vivencias irrepetibles. Y, junto al desmoronamiento de ese mundo, el joven ve también como se desvanecen todas las normas y las leyes que hasta este momento lo habían guiado. Se siente desorientado y busca un asidero al que aferrarse. El suelo, seguro hasta ahora bajo sus pies, ha desaparecido sin proporcionarle aún una nueva base.

Para recuperar la seguridad perdida, el adolescente debe encontrar un nuevo futuro, por eso se debate trabajosamente, dispuesto a saltar más allá de la línea de sombra delimitada por una infancia de fantaseada omnipotencia y por una ansiada madurez. Más la línea divisoria se desplaza continuamente, pues la adolescencia es, en definitiva, el estadio de la incertidumbre:

Llega a una edad en la que el niño deja de serlo y no es todavía un adulto. Edad en que se produce una especie de ruptura de equilibrio en vista de un equilibrio nuevo y de la conquista de la personalidad, que harán poco a poco de este niño no sólo un joven o una joven, sino tal joven -chico o chica- determinado. Resulta de esto un período de crisis que comienza, en general, hacia los trece años y que puede durar dos o tres.

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Con frecuencia, en este período, los padres, que han olvidado por completo lo que a ellos mismos les pasó, se sienten desorientados, porque no reconocen ya a sus hijos. Lo primero que ha de hacerse es no asustarse. Se trata de una crisis normal, que pasará con tanta mayor rapidez y facilidad cuanto más los padres se esfuercen en comprenderla.

El adolescente, que deja de ser un niño, comienza por tener una crisis de emancipación. No quiere formar parte del mundo de los pequeños; no quiere ya ser tratado como un niño; no les gusta que le hagan decir sus lecciones; no quiere que se le mande por la noche a acostar; se molesta por la menor observación, sobre todo si se la hacen delante de hermanos y hermanas más pequeños.

Este deseo de emancipación es la manifestación de un progreso natural en vías de evolución. Sería en vano y peligroso intentar dominarlo por la fuerza.

Lo que caracteriza la adolescencia es una transformación fisiológica. Importa, pues, que los padres hayan prevenido a tiempo a sus hijos. Pero en cualquier caso resultará de ello una fragilidad física, una inestabilidad de carácter que es necesario tener en cuenta.

No hay por qué extrañarse en este período de cambios de humor, arranques no razonados, desigualdad en el trabajo, sucesión imposible de prever de alegría ruidosa y gesto sombrío.

El adolescente siente la impresión de no ser él mismo. No comprende lo que pasa en él. Siente más o menos confusamente algo en sí más fuerte que él mismo... Pero difícilmente lo afirmará. No aceptará con gusto reproches o reconvenciones, y éstos le producirán, en general, la sensación de ser un incomprendido.

  • Cambios Físicos y Psíquicos
  • El Temor hacia el Otro Sexo
  • El Ciclo Menstrual
  • Crítica a los Padres y Adultos en general
  • Formación de Ideales
  • Renacer de la Sexualidad
  • Crisis Religiosas y Valores Morales
  • Elección de Metas: Vocaciones y Aptitudes
  • Delincuencia Juvenil
  • Consumo de Drogas, etc.

¿Qué estrategias pueden a las familias ayudar a comprender a los jóvenes adultos?

El conocimiento de la realidad social.

Que los padres puedan conocer la realidad social en la que se desarrolla su hijo es fundamental, ya que va a permitir conocer a fondo los problemas de los hijos. Adaptación y evolución de las ideas y creencias de los padres a la realidad que les toca vivir.

Tener una mente abierta, un buen conocimiento de la realidad en la que se mueven los hijos, va a permitir que la incidencia de los problemas y dificultades de las familias sean más faciles de afrontar.

Conocimiento de las características del niño:

El conocimiento de las características de los hijos y de sus dificultades, unido al conocimiento de la realidad, nos puede dar una visión de los conflictos que se le van a ir planteando y por lo tanto del apoyo que nosotros le vamos que tener que prestar.